Otto Pérez Molina es un candidato controvertido, que encastra casi a la perfección en un país sufrido y violento, que acepta esperanzado sus promesas de empleo y mano dura y prefiere escuchar el apelativo de "general de la paz" con que lo presentan sus seguidores en lugar de las sospechas que lo involucran en delitos de lesa humanidad.
Si todos los pronósticos se cumplen, Pérez Molina será consagrado como presidente electo en el balotaje del 6 de noviembre, poco antes de cumplir 61 años y a 11 de haber fundado el Partido Patriota, con el que fuera derrotado en las elecciones de 2007 por el actual mandatario, Alvaro Colom.
Nacido el 1 de diciembre de 1950 en la ciudad de Guatemala, es conciente de que su mayor caudal está en el electorado urbano y sabe que la principal demanda de la población es que se ponga coto a la delincuencia y que haya seguridad. A partir de esto puede inferirse que al adoptar el slogan proselitista "Urge mano dura", estaba interpretando la partitura que la mayoría quería escuchar.
Tal vez para contrarrestar el efecto de su rango militar, cuando habla de oponer "mano dura" a la violencia y la inseguridad que provocan las maras (pandillas juveniles urbanas), califica a ese accionar de "seguridad democrática" y promete atacar a las mafias enquistadas en el Estado.
Sus seguidores completan el mensaje a presentarlo como un "hombre fuerte, de carácter y con decisión, a quien no le tiembla la mano", "un hombre de acción, no de escritorio" y como el candidato ideal para luchar "contra la corrupción".
Pero a la vez, todos estos elementos no se contraponen en el discurso electoral con el título de "general de la paz", con el que lo aluden por haber sido firmante del Acuerdo de Paz, el 29 de diciembre de 1996, que puso fin al conflicto armado interno, aunque con participación notoria de los Estados Unidos, que se extendió durante 36 años y costó cientos de miles de vidas.
Pérez Molina fue firmante de ese acuerdo en representación del Ejército guatemalteco, ya que por entonces era Jefe del Estado Mayor Presidencial.
También, paradoja del destino, a principios de los años 80 fue jefe de la región de Nebaj, en el tiempo en que se produjo la represión más violenta. Pero él lo niega y, a pesar de que tenía responsabilidad de mando, asegura: "no me manché las manos".
Además fue jefe de los siempre temidos servicios de inteligencia del ejército, la Dirección de Inteligencia Militar (G2) entre 1991 y 1993, puesto desde el cual rechazó al auto-golpe de Estado de mayo de 1993 liderado por el presidente Jorge Serrano Elías. Junto con el alto mando militar de entonces y organizaciones civiles obligó al retorno de la institucionalidad.
El presidente Ramiro de León Carpio -que sustituyó a Serrano por disposición del Congreso- le nombró jefe del Estado Mayor Presidencial (EMP), una unidad militar encargada de prestar seguridad al mandatario y su familia. En los hechos, entre 1993 y 1996 fue el segundo hombre del régimen.
La leyenda negra que se cuenta de Molina dice que es uno de los jefes de los grupos clandestinos de seguridad, como quedó reflejado en un informe publicado por la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA, en inglés), denominado Poderes ocultos en la Guatemala post conflicto.
En este estudio se señalaba que Pérez Molina lidera el grupo conocido como El Sindicato enfrentado a la llamada Cofradía, dos grupos del crimen organizado compuestos por militares y enfrentados entre sí.
Pérez Molina ha desmentido esas acusaciones y en su defensa asegura que se trata de campañas negras promovidas por sus adversarios para desprestigiarlo.
En esta campaña se lo ha acusado de contar con fondos empresarios y también provenientes del crimen organizado.
Naturalmente lo niega pero a la vez elude dar explicaciones sobre el origen de los fondos con que pagó una campaña muy costosa.
Para quienes dudan de su preparación, en la web del PP se informa que Pérez Molina cursó estudios superiores de Defensa Continental en el Colegio Interamericano de Defensa de Washington, y siguió cursos del Programa de Alta Gerencia en el Instituto Centroamericano de Estudios Económicos (INCAE) de Costa Rica, y una maestría en Ciencias Políticas por la Universidad Francisco Marroquín, centro del pensamiento liberal en Guatemala.
Si todos los pronósticos se cumplen, Pérez Molina será consagrado como presidente electo en el balotaje del 6 de noviembre, poco antes de cumplir 61 años y a 11 de haber fundado el Partido Patriota, con el que fuera derrotado en las elecciones de 2007 por el actual mandatario, Alvaro Colom.
Nacido el 1 de diciembre de 1950 en la ciudad de Guatemala, es conciente de que su mayor caudal está en el electorado urbano y sabe que la principal demanda de la población es que se ponga coto a la delincuencia y que haya seguridad. A partir de esto puede inferirse que al adoptar el slogan proselitista "Urge mano dura", estaba interpretando la partitura que la mayoría quería escuchar.
Tal vez para contrarrestar el efecto de su rango militar, cuando habla de oponer "mano dura" a la violencia y la inseguridad que provocan las maras (pandillas juveniles urbanas), califica a ese accionar de "seguridad democrática" y promete atacar a las mafias enquistadas en el Estado.
Sus seguidores completan el mensaje a presentarlo como un "hombre fuerte, de carácter y con decisión, a quien no le tiembla la mano", "un hombre de acción, no de escritorio" y como el candidato ideal para luchar "contra la corrupción".
Pero a la vez, todos estos elementos no se contraponen en el discurso electoral con el título de "general de la paz", con el que lo aluden por haber sido firmante del Acuerdo de Paz, el 29 de diciembre de 1996, que puso fin al conflicto armado interno, aunque con participación notoria de los Estados Unidos, que se extendió durante 36 años y costó cientos de miles de vidas.
Pérez Molina fue firmante de ese acuerdo en representación del Ejército guatemalteco, ya que por entonces era Jefe del Estado Mayor Presidencial.
También, paradoja del destino, a principios de los años 80 fue jefe de la región de Nebaj, en el tiempo en que se produjo la represión más violenta. Pero él lo niega y, a pesar de que tenía responsabilidad de mando, asegura: "no me manché las manos".
Además fue jefe de los siempre temidos servicios de inteligencia del ejército, la Dirección de Inteligencia Militar (G2) entre 1991 y 1993, puesto desde el cual rechazó al auto-golpe de Estado de mayo de 1993 liderado por el presidente Jorge Serrano Elías. Junto con el alto mando militar de entonces y organizaciones civiles obligó al retorno de la institucionalidad.
El presidente Ramiro de León Carpio -que sustituyó a Serrano por disposición del Congreso- le nombró jefe del Estado Mayor Presidencial (EMP), una unidad militar encargada de prestar seguridad al mandatario y su familia. En los hechos, entre 1993 y 1996 fue el segundo hombre del régimen.
La leyenda negra que se cuenta de Molina dice que es uno de los jefes de los grupos clandestinos de seguridad, como quedó reflejado en un informe publicado por la Oficina en Washington para Asuntos Latinoamericanos (WOLA, en inglés), denominado Poderes ocultos en la Guatemala post conflicto.
En este estudio se señalaba que Pérez Molina lidera el grupo conocido como El Sindicato enfrentado a la llamada Cofradía, dos grupos del crimen organizado compuestos por militares y enfrentados entre sí.
Pérez Molina ha desmentido esas acusaciones y en su defensa asegura que se trata de campañas negras promovidas por sus adversarios para desprestigiarlo.
En esta campaña se lo ha acusado de contar con fondos empresarios y también provenientes del crimen organizado.
Naturalmente lo niega pero a la vez elude dar explicaciones sobre el origen de los fondos con que pagó una campaña muy costosa.
Para quienes dudan de su preparación, en la web del PP se informa que Pérez Molina cursó estudios superiores de Defensa Continental en el Colegio Interamericano de Defensa de Washington, y siguió cursos del Programa de Alta Gerencia en el Instituto Centroamericano de Estudios Económicos (INCAE) de Costa Rica, y una maestría en Ciencias Políticas por la Universidad Francisco Marroquín, centro del pensamiento liberal en Guatemala.
- Télam


